miércoles, 11 de abril de 2012

Al alba se abrió la mitad del portón de la casona de adobe, la casona estaba en la mitad del pueblo, mas protegida de los fríos de Castilla, pero no evito que el viento helado entrara mezclado con la densa niebla que cubría todo Sanzoles, el frío hizo acurrucarse al gato aun mas en la lumbre que ya sin brasas mantenía cálidas sus cenizas.la visita fuera duro poco, lo necesario para coger una gavilla y un par de cepos de encina.
Como siempre Sara se levanto antes que cantara el gallo desperezándose este al oír los ruidos de la cocina, esta vez en el hatillo si había abundancia, un muerdo del pan casero de ayer, un cacho de chorizo de la marrana Paca, la más grande que han tenido en una matanza, ya bien curado a finales de Febrero, unas almendras y un puñado de uvas pasas.
Cuando Juan bajo las crujientes escaleras ya olía a encina quemada en la casa y el gato empezaba a estirarse bajo el calor de la lumbre crepitando, el pote de la leche ya humeaba y los dos tazones de haya con sus cucharas de pino estaban ya en la mesa alado del hatillo cerrado.
Se sirvió la leche en el silencio que da la confianza y la convivencia y se sentaron a untar el pan en el mismo silencio roto por los chisporroteos de la lumbre y el ronroneo del gato al calor.
Sara salió al corral alborotando a las gallinas a su paso, y vistió a la burra con su manta y su bocado acercándola a la puerta de la calle, Juan ya la esperaba con su hatillo que metió en las alforjas, monto y cojeo las riendas rozando la mano de su esposa, se miraron con una medio mueca de sonrisa y partió, camino abajo perdiéndose en la niebla, con el silencio de una helada mañana Sara levanto la mano y la bajo rauda, sabiendo que nadie la veía ya, cogió otra gavilla y entro en casa, había que calentar la casona...el buen tiempo tardaría aun en llegar

Por el camino de las Fuenticas la niebla aumentaba como el rumor del bebedero se hacía más fuerte, siempre se animaba Juan al llegar a esta bajada, esta zona del camino solo le traía buenos recuerdos, quizá los mejores, de zagal con su hermano Fermín cogiendo aquí ranas como puños, y alguna que otra rata de agua despistada, en la chopera de enfrente cayeron tantos nidos, aunque nunca arrasados, el hambre hacia que dejaran un huevo en el nido, como bien les enseño su abuelo -si así no lo hacéis, decía… el año que viene os comeréis los mocos.

Esas tardes de verano robadas a la siesta, sin más miedos que te encuentren holgazaneando.

Con la sonrisa puesta bajo el resto del camino hasta el arroyo, aun quedaba un poco hasta la Tierra Larga, éste año las nieblas se estaban alargando, pero las heladas duraban ya solo hasta que las rozaba el sol, era la época de siembra.

Juan “El Santo” le llamaban en Sanzoles, el “hospiciano de Nicanora” en Moraleja, el pueblo que le acogió hasta los 15 años, cuando al morir su padre adoptivo la esposa de este lo mando a 7 kilómetros con la excusa de que siguiera aprendiendo el oficio de herrero.

Pepe hermano de su padre lo acogió sin demora, era diestro el zagal en la fragua, obediente siempre dispuesto sumiso y cariñoso y no le vino mal su ayuda en la herrería de Sanzoles y mejor le vino a Pepe “el solo” su compañía pues soltero como estaba extrañaba conversar con alguien la horas de hastió nocturno mirando las llamas del hogar o escuchando las tertulias de su inseparable radio.

“El Santo” lo apodaban pues nunca peleo ni de chico, siempre buscaba hablar y razonar, algo que a muchos crispaba pues no tenían paciencia y lo más rápido y fácil para las mentes lentas era arreglarlo a mamporros.

Gustaba de cazar solo, algún día con su tío si salían a perdices, no era de ir a bailes, al no ser Que Sara se le quejara mucho, siempre iba a misa y aunque nunca lo reconocía era más por costumbre que por devoción.

Entregado por completo al trabajo, se lucia bien en la fragua, todo al detalle, pero al abandonar el oficio por tener familia y necesitar más recursos se dedico a las tierras de su tío, hay amigo esas tierras eran las más lucidas sembrase lo que sembrase y la envidia y el alago de muchos del pueblo.

Con su familia aunque se esforzaba en ser el que mandaba siempre le podían los sentimientos, solo algún azote contado dio a sus hijas, siempre suave y por supuesto merecido, y a su esposa jamás una voz jamás levanto la mano ni como amago.

Los politiqueos como el decía no le importaban, veía lo malo y lo bueno, con estar informado de las novedades de Madrid tenía bastante.

Su objetivo diario era procurar alimento cada día a su familia esperando que las horas pasaran rápido para poder acurrucarse de nuevo junto a su Sara.

Un Santo vamos…un Santo… Aunque todo Santo para serlo siempre han de pasar por una dura prueba….